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NURIA POVILL, EXPERTA EN DINÁMICA DE GRUPOS A TRAVÉS DE LA PSICOTERAPIA INTEGRATIVA, LA PNL Y LA TERAPIA GESTALT, NOS DESCUBRE ALGUNAS DE LAS PAUTAS PARA SABER VALORAR Y ENTENDER LA INTELIGENCIA Y LA ECOLOGÍA EMOCIONAL
Intuición, sexto sentido, inteligencia emocional... ¿Son pericias específicas y exclusivas de las mujeres poseedoras de una habilidad especial o hablamos de algo que corresponde por igual al los hombres? Conceptos que, de pronto, “se ponen de moda”. Términos tales como “Inteligencia Emocional”, van tomando cuerpo en nuestras conversaciones, hasta el punto de que su uso comienza a ser “indiscriminado”, lo que nos lleva a plantearnos si de verdad sabemos de qué estamos hablando.
La Inteligencia Emocional, según el concepto que popularizó D. Goleman (sería interesante el nombre completo), se compone de seis habilidades: Autoconciencia, empatía, autoconfianza, motivación, autocontrol y competencia social. Es, pues, el arte de saber desarrollar estas habilidades para poder relacionarnos de forma más sana con nuestro entorno.
Pero si vamos más allá, podemos entender la Inteligencia Emocional como un camino de conciencia y de reflexión que nos invita a adentrarnos en las profundidades de nuestro ser. Así, podríamos definir Inteligencia Emocional como Emoción + Conciencia. Es decir, no se trata de negar las emociones, de “controlarlas”, como se inculcaba en la cultura victoriana (y en otras culturas más recientes...), ni tampoco de darles rienda suelta, justificándonos como: “Yo soy así”. Se trata de escoger respuestas emocionales diferentes ante las emociones, sean éstas del tipo que sean.
Porque lo que es fundamental entender, para hablar de Inteligencia Emocional, es que las emociones, en sí mismas, no son ni buenas ni malas. Es el peso cultural, los mapas sociales o las propias creencias lo que nos hace valorar, como positivas o negativas, determinadas emociones o sentimientos.
Veamos algunos ejemplos de las dos caras de la moneda, contemplando la cara positiva de algunos sentimientos clasificados como negativos o reprobables: Por ejemplo, la rabia. En positivo, es una emoción cargada de energía; se puede aprovechar para ayudarnos a reaccionar y pasar a la acción. En negativo, nos puede llevar a castigarnos y a ser agresivos hacia nosotros mismos.
Asimismo, la tristeza, en positivo, es una emoción baja en energía que estimula la reflexión profunda; es necesaria en situaciones de pérdida o de duelo. En negativo, si nos enganchamos mucho tiempo a la tristeza, puede llevarnos a la depresión.
La culpa, en positivo, es una emoción vinculada a la valoración de lo que es bueno o lo que es malo, que nos conecta con nuestra integridad personal ante valores, como el de no hacer daño intencionadamente a otras personas, matar, robar, engañar, etc. Cuando actúas violando alguno de tus principios, esto no significa que seas mala persona, sino que has sido incapaz de resolver un problema de acuerdo a tus valores. En vez de culpabilizarte, planea una estrategia de como lo harás la próxima vez. En negativo, la culpa es destructiva porque limita nuestras acciones a la hora de actuar o, si actuamos, después nos sentimos culpables. Educacionalmente nos han manipulado a través de la culpa, y a veces una persona se puede llegar a sentir culpable de todas las desgracias del mundo.
Es muy importante saber que podemos guiar nuestros estados emocionales, ya que somos nosotras las que nos los creamos, no el mundo exterior. Somos nosotras las que, a partir de recuerdos de situaciones vividas, de nuestro diálogo interno, conectamos con una emoción y le damos cuerda, y esto a veces es muy bueno pero otras veces es muy destructivo, según a qué tipo de emoción nos estamos “enganchando”...
De la Inteligencia Emocional a la Ecología Emocional
Seguro que hay muchas cosas en nuestra vida diaria que alteran nuestras emociones. Seguro que todas conocemos estas emociones, y si las observamos podemos ver qué es lo que las dispara. Cuando llegamos a este punto, ya somos capaces de ver cómo hacerlas valer de una manera productiva.
Por ejemplo, si me siento triste, y me niego la tristeza porque “no toca”, “no es lícita”, etc., no hay remedio. Sin embargo, ante la tristeza me puedo preguntar si necesito tomarme un tiempo para reflexionar. Si la respuesta es que si y la situación lo requiere, me tomo el tiempo y reflexiono, con la conciencia de que es lo que yo he elegido. Así me convierto en la guía de mis emociones, en vez de ser guiada por ellas.
Por lo tanto, si la Inteligencia Emocional pretende ayudarnos a poner conciencia sobre nuestras emociones, podemos hablar de Ecología Emocional como del arte de transformar positivamente las emociones, saber leer en ellas, quitándoles la etiqueta “positiva-negativa”, y saber de qué nos hablan, llegar al fondo de nuestro ser y aprovecharlas para vivir mejor desde la aceptación de ser quiénes somos y vivir como vivimos, en un estado de conciencia continua que nos permita ser cada día algo más felices.
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